Foto ganadora del Capítulo 14 es Lascano Cowan Pilar

Laura P Montejano

La foto ganadora del Capítulo 14 es Lascano Cowan Pilar enhorabuena!

Lee con detenimiento e inspírate para hacer una foto que ilustre el texto o parte de él. Esta vez el concurso será HASTA EL 31 DE AGOSTO y la foto ganadora recibirá un PREMIO DE 300 € y además formará parte del foto libro de edición limitada que editaremos con la historia completa.

Capítulo 15

Al salir del avión, nos invadió un calor extremo. Era asfixiante. Nos montamos en el autobús que nos iba a llevar al centro de Roma. El señor con el que compartía asiento tenía la nuca empapada en sudor, el pelo se le ondulaba como recién salido del agua; nos sonreímos y la vida continuó. Desde la terminal de autobuses al hostal, había 30 minutos andando. Fuimos andando porque Antxon era de esos tipos  de personas que prefieren la calma de los paseos. Era espiritual y transmitía ternura. Nos perdimos. Con las mochilas a cuestas y sin agua. Llegamos al hostal una hora y media después; la habitación era simple, dos camas individuales y una tercera supletoria. Antxon se quedó con la supletoria. Fue su manera de pedir disculpas.  

Hicimos todo lo que hacen los turistas en Roma; visitamos todos los monumentos habidos y por haber, comimos pizza, pasta, helados, pizza con helado, helado con pasta, pasta con pizza. De ahí nos fuimos a Venecia, los tres habíamos estado, pero íbamos por Pablo. Pablo es fotógrafo, y quería adentrarse en la isla de Poveglia; una isla maldita con sanatorio abandonado incluido. La isla del no retorno. Un lugar fantasmagórico, de enormes pasillos. Me duró el malestar dos días, también porque el viaje en barca me revolvió el estómago, pero de verdad que allí se sentían cosas. Antxon dijo que vio a un grupo de gente, estaban sentados jugando a las damas. Lo dijo tan normal y a mí me dieron diez infartos seguidos.  

Tras Italia siguió Francia y después Suiza. No pretendíamos quedarnos más de dos días pero llegamos el día nacional y en Basilea estaba todo dispuesto para que allí hubiera una gran fiesta. La pasión que tienen los suizos por los fuegos artificiales roza la extravagancia. Comimos en los puestos callejeros, la gente iba con los trajes regionales. Todo el mundo era majísimo. Nos sentamos con Béla, un húngaro con la cara sonrojada y todas las arrugas que produce llevar más de 40 años a carcajada limpia. Apreciaba la horticultura tanto como el Glühwein, un vino caliente especiado que sólo se toma en invierno. Eso nos dijo. Pero en realidad podría haber sido cualquier cosa salida de una botella con forma de violonchelo. Comimos y bebimos más de lo que hubiéramos querido, y acabamos bailando en círculo un baile tradicional, rodeados de una coral de sesentonas. Continuamos hacia Viena, la ciudad imperial. Hacia fresco, así que tuvimos que sacar una chaqueta. Antxon, como siempre, se había traído su jersey verde de lana, uno hecho por su madre, que hacía que le sudaran las manos y con el que siempre parecía un norteño. Ahí es cuando yo recibí el mensaje. Me quede blanco. Pablo y Antxon pensaron que me estaba dando una bajada de tensión. Me senté en el suelo. Me descalcé y sentí el frescor del asfalto. En el mensaje ponía: te vigilamos. Tuve que contarles a mis amigos todo lo que estaba pasando con Garbino.  Adelantamos un día la salida hacia Amberes. Antxon estaba exultante. Iba sentado al lado de una señora que parecía un faisán dorado y había iniciado una conversación sobre Jan Fabre y su pasión por los artrópodos, en una clara alegoría a la metamorfosis de Kafka. Desconecté y contemplé el paisaje pasar, me fije en las nubes, eran las mismas que pintaba Magritte. Y pensé en lo surrealista de toda la situación. El tiempo de las vacaciones pasó volando. Disfrutamos. Y como siempre me ocurre, me quería quedar a vivir en todas las ciudades que visitamos. Al volver a casa se me cayó el alma a los pies. Habían entrado en casa, y habían esparcido todo por el suelo. Los cajones abiertos. La ropa tirada. Llamé a Antxon y decidimos no llamar a la policía.